En 1932, Karl H. Wendel imaginó un futuro diferente para el esmaltado: un futuro sin plomo, más seguro para las personas y más respetuoso con el medio ambiente. Así nació el primer esmalte mayólica sin plomo, una innovación que no solo transformó la industria, sino que marcó el punto de partida de una filosofía: investigar, perfeccionar y cuidar cada detalle.
Desde entonces, la fabricación en Wendel no es solo técnica, es vocación. Seleccionamos materias primas con precisión casi alquímica y las transformamos mediante procesos cuidadosamente optimizados, como la fusión en hornos rotativos de última generación. La ausencia de impurezas, la homogeneidad del vidrio fundido y el brillo duradero no son fruto del azar, sino de décadas de experiencia, sensibilidad y mejora continua.